Hace unas semanas escribí un caption en una foto de mi instagram que drenaba mi mente de lo que la soledad provocaba en mí en esos instantes:
Hay un hecho trascendental que ha marcado los cinco años que llevo viviendo en una tierra ajena a la que yo llamo mi hogar: La soledad.
La soledad me ha llevado a enfrentar límites emocionales, me ha llevado a encontrarme con mis pensamientos más recónditos. La soledad me ha dado la oportunidad de reconocer que me pertenece y es inédito de mi ser y que ha sido añadido pero jamás, por más que así lo crea, ha sido parte de mi. La soledad me ha dado la oportunidad de revolcarme en el dolor pero también de reconocer la maravilla que es sentirme bien en mi propia compañía. La soledad es la puerta que Dios creó para que pudiera conocerme, reconocerme y transformarme. La soledad es fuerza y sabiduría. Y aunque a veces le temo y otra veces le añoro, la soledad es lo único que me acompañará por el resto de mi vida, y a pesar de que mi relación con la soledad es de amores y odios, yo la elijo cada día.
En el momento que escribía ese caption, después de casi tres años sin poder abrazar a mi mamá, y finalmente poderme hacerme pequeñita en sus brazos; y luego de tres efímeros meses de disfrutar de su compañía, volvía a decirle adiós. Y esas palabras representaban lo que en aquel restaurante yo sentía, un miedo inmenso que recorría mi cuerpo, la incertidumbre del cómo yo iba a lidiar con la soledad que nuevamente se me concedía. Del cómo luego de atravesar uno de los años más difíciles de mi vida a nivel emocional y mental yo iba a ser capaz de manejar la tristeza del estar lejos de casa y de los que me aman.
Pero a sorpresa mía, fue esa misma soledad, la que me ha acompañado desde que decidí migrar, aquella que ha construido en mi resiliencia y me ha enseñado a manejar la frustración, la que también, semanas después volaba mi mente. Con el silencio que quedó con la partida de mi mamá, la soledad me daba la oportunidad de ver cómo cada pedacito de todas las expectativas, que había decidido cargar sobre mis hombros, se desmoronaban. Ya eran menos fuertes las voces que me hablaban de lo que se suponía debería ser, y mi voz, la que ya hace bastante tiempo desde la incomodidad de mi ansiedad me pedía que la dejara hablar, se hacía mas fuerte.
A la soledad tengo que agradecerle lo que hoy soy. Porque desde el silencio que esta me ha brindado realmente he aprendido a conocerme, me he dado la oportunidad de sanar, de identificar patrones, de enfrentar mis miedos e inseguridades, de amarme mucho, de ser compasiva, de reconocerme y valorarme. La soledad me ha puesto frente a lo mejor que llevo dentro y a lo peor que también cargo a cuestas. Hoy no le huyo a la soledad, es más, hoy entiendo lo importante que es para mi bienestar tener momentos, días enteros, donde sólo se trate de mí, de entender y reflexionar acerca de lo que siento, lo que pienso, lo que deseo.
Una vez te enamores de tu soledad, que difícil se hace dejarla ir.
